La noche fue un ladrido de perros;
lenguas ásperas y gargantas roncas,
ideas mudas apelotonadas junto a las cejas
y el resquemor de un adiós rápido.
La ropa ovillada a los pies del sofá
inicia su llamada continua y martilleante;
es entonces, cuando los barrenderos arrastran sus pies contra
el alba
y
los pájaros comienzan a buscar las moscas,
el momento de vomitar silencioso en cualquier rincón de la
memoria.
Leve temblor de labios descubriendo tu dentadura perfecta,
la lengua roza el canero,
afilado de tantas noches
de leves temblores
de dentaduras perfectas.
La noche llega a su fin
la lengua se queda quieta
descansa
duerme tal vez
seca, está seca.
Diría no
hasta cincuenta y dos veces.
Y las letras del tesoro serían mi lecho nupcial
en vehículos importados te gozaría
las suites más barrocas me verían desayunar
tras tu desmayo.
Diría no
Hasta cincuenta y dos veces
si tú, tal vez, me preguntas.
El peralte se acentúa
y los abrazos ruedan desmembrados
a la cuneta
aún por desbrozar
repleta de maleza, turbios adioses
y un reluciente tapacubos.
Se rompe la red
y entre mis dedos tus cabellos caen al vacío,
la longitud del infinito establece la distancia
que separa mis labios de la red
rota
inútil
culpable, al fin.
Recorre la yema de mi dedo índice
la geografía de ausencias,
al cabo de un rato
aburrido
la yema de mi dedo índice hurga en mi nariz.
Estalló un vaso a nuestros pies
dos bofetadas sirvieron para educarle
las mujeres me admiraron esa noche
pero durmieron con los hombres
que se habían quedado quietos
muy quietos.
Descubro entre el ruido
la lentitud de tu mirada
y la noche progresa
al compás de Harlem Nocturno
cuando el saxo calla
la lentitud de tu mirada, seguida de tu hermoso culo
se ahoga
entre los hielos
de mi penúltima copa.
Racimos de dientes
ante mi lengua
y corre la espuma de la cerveza
sobre la barra
dejando ese cerco
con el que juguetear
contra la madrugada.
Trepidación de guitarras distorsionadas
en las mentes nubladas de deseo
y miseria
trepidación última justo antes de vestirte
cuando el sol indica la hora de dormir
cuando ya fue tarde para haberte ido con quien no quiso.
Corre el turno la chica de moda
hoy es la noche anunciada
elegirá un nuevo hombre a quien volver loco
ante las puertas del bar se apelotona la multitud
al final ella marchará
los hombres usados
se agarrarán, cabizbajos, a su copa infinita.
Tomé algunos sedantes en aquella época,
agoté las reservas de alcohol
y también, creo recordar,
no podía olvidarte.
Removiendo en los recuerdos
aparecen de pronto
unos pechos sin rostro
varias sonrisas huidizas
tres o cuatro arrebatos
y el Gato con Botas.
No tuve ocasión de decirte adiós
en realidad nunca llegué a hablar contigo
pero quiero que sepas
ahora que soy mayor
que si te vuelvo a ver
te diré adiós
morderé tus labios
mientras te desmayas entre mis brazos
y me iré sin decirte adiós.
Te ruboricé insolente
mirándote desde mi esquina.
Mientras mis piernas tiemblan
ocultas tras la barra,
me hubiera gustado hablarte
decirte que me gustabas
pero tu rubor me encendía
me encantaba.
Trago tras trago
fui engullendo la bilis
de las tragedias diarias
de la noche trágicas
en las que hacer que
trago tras trago
esperar un abrazo
un susurro
tal vez un beso.
Huyendo cada noche de mí
di los rodeos más extraños
llegando siempre
sin remedio,
casi siempre crispado,
a donde había prometido no volver.